Parroquia de Ntrª. Srª. de los Reyes

y de San Fernando

 

 

 

SENTIDO DE “MISIÓN” PARA UN CRISTIANO

 

Lucas Buch Rodríguez. Profesor de Teología Dogmática (extracto)

 

La Iglesia de todos los tiempos es consciente de haber recibido de Cristo una llamada y, con ella, una tarea; es más, ella misma es esa llamada y es esa tarea: la Iglesia «es misionera por su naturaleza».

Toda la historia de la Iglesia nos permite comprender que la llamada del Señor sigue resonando a través de los siglos, en el corazón de cada cristiano.

Cuanto más centrada está nuestra vida en Cristo, más «se fortalece el sentido de misión de nuestra vocación, con una entrega plena y alegre» (F. Ocariz). Pablo se sabe llamado por Dios, pero es igualmente consciente de que, en realidad, todos los fieles lo somos.

Tras haber encontrado a Jesucristo, sabemos que somos sal y luz, y por eso no podemos dejar de dar sabor, de iluminar, dondequiera que estemos. Este es uno de aquellos descubrimientos que revoluciona la vida espiritual, y que nadie puede hacer por mí.

La oscuridad propia de la existencia, que consiste en no conocer con certeza el sentido de nuestra vida, se desvanece. La invitación que Jesucristo nos dirige nos permite comprender nuestro pasado y, al mismo tiempo, nos ofrece una ruta clara para el futuro.

Vivir con sentido de misión es saberse en todo momento enviados por el Señor para llevar su Amor a quienes tenemos cerca: para eso hemos sido creados. Y es también decidir en cada momento qué hacer, en función de esa misión que da contenido y finalidad a nuestro paso por la tierra. Puede haber dificultades, obstáculos, contradicciones; habrá momentos de oscuridad; pero la estrella que marca el norte sigue brillando siempre en el firmamento. Mi vida tiene un porqué, hay una luz que me permite orientarme.

Cualquiera que lleve algo de tiempo siguiendo al Señor ha podido comprobar que el impulso humano viene y va. Eso no tiene nada de malo: es humano, y los santos son los primeros que lo han vivido.

El impulso transformador del Espíritu Santo nos dará un corazón encendido como el de Jesucristo, y la misión apostólica se convertirá en la sangre que moverá nuestro corazón. Si nos dejamos llevar por el Amor de Dios, si permanecemos atentos a sus inspiraciones y hacemos caso a esos pequeños gestos que Él nos indica, ser apóstol se convierte en el oficio que constituye nuestra propia identidad.

En el fondo, se trata de algo tan sencillo como ser lo que ya somos: «los que son guiados por el Espíritu de Dios, éstos son hijos de Dios» (Rm 8,14).

Lo principal es que permanezcamos abiertos a la acción del Paráclito, atentos para «reconocer cómo podemos cumplir mejor esa misión que se nos ha confiado en el Bautismo» (Papa Francisco)

Cada uno compartía su fe con naturalidad, en el ambiente que le era más cercano, con las personas que Dios ponía en su camino. Como Felipe con el etíope que volvía de Jerusalén, como el matrimonio de Aquila y Priscila con el joven Apolo (cfr. Hch 8,26-40; 18,24-26). El Amor de Dios que llenaba su corazón les llevaba a preocuparse por todas esas personas, compartiendo con ellas aquel tesoro «que nos hace grandes y que puede hacer más buenos y felices a quienes lo reciban» (Papa Francisco).

Si partimos de la cercanía con Dios, podremos dirigirnos a quienes nos son más cercanos para compartir lo que vivimos. La amistad es amor y, para un hijo de Dios, es auténtica caridad. «La amistad misma es un diálogo, en el que damos y recibimos luz; en el que surgen proyectos, en un mutuo abrirse horizontes; en el que nos alegramos por lo bueno y nos apoyamos en lo difícil; en el que lo pasamos bien, porque Dios nos quiere contentos» (F. Ocariz)